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jueves, 24 de septiembre de 2020

ZUGARRAMURDI: entre la tradición ancestral y la herejía.


Entrada a la cueva de las Brujas de Zugarramurdi. Foto Txema Gil, 2020


La Cueva de las Brujas de Zugarramurdi es uno de los principales atractivos turísticos del Pirineo Navarro. Adentrarse en élla no es solo un goce para los sentidos al contemplar una maravilla de la naturaleza, sino que además, sus húmedas paredes cuentan historias de brujas y akelarres. ¿Te atreves a entrar? 


Muchas veces demonizamos aquello que desconocemos o no podemos explicar. Lo envolvemos en un halo mágico y misterioso, a veces tétrico, otras místico y sublime. Pero en casi todas las ocasiones, ritos y tradiciones ancestrales sucumben ante la llegada de una nueva religión, ante otra forma de entender el mundo, que lo cambia todo, que persigue y elimina lo anterior como un acto de imposición, de triunfo, de sometimiento. Esto es en esencia lo que sucedió unos cuantos cientos de años atrás, en el montañoso norte de Navarra, en el pueblo de Zugarramurdi.




Desde tiempos inmemoriales la tradición cultural vasco navarra estaba ligada a la Tierra.


Panel ilustrativo del Museo de las Brujas de Zugarramurdi. Foto Txema Gil, 2020.


Su sabiduría, sus rituales, sus remedios, sus hierbas curativas, sus costumbres, eran en esencia telúricas, e incluso la diosa suprema a la que adoraban, era Mari, la madre Tierra, la señora de la naturaleza. Una divinidad femenina que otorgaba en esta tradición, la responsabilidad del cuidado del hogar y de los que en ella habitan a la mujer. Un detalle para nada baladí, al que la tradición cristiana se enfrentará con saña debido al papel secundario que se le tenía asignado a la mujer. Una mujer sabia era un peligro. Mejor estigmatizarla, acusándola de brujería, de hereje pagana, de maga negra, de adoradora del Maligno. Convertir sus remedios naturales en peligrosas pócimas, sus cánticos en oscuros conjuros, las palabras en sortilegios y sus fiestas en akelarres, en las que conjurar al Diablo, señalarlas como enemigas de la verdadera fe. Mejor tenerlas en casa con la “pata quebrada”.

Panel ilustrativo con la famosa escoba de “bruja” del Museo de las Brujas de Zugarramurdi. 

Foto Txema Gil, 2020.


La palabra euskera sorgin significaba bruja/o, aunque etimológicamente su significado sea bien distinto: sortze es nacer o crear y egin significa hacer, es decir “la que hace nacer” o sea, la partera.  Mujeres y también hombres en menor medida, de edad y conocimientos avanzados, depositarios de la tradición oral milenaria que protege a la comunidad. Con su escoba siempre a mano, mantienen limpio el hogar de espíritus malignos mientras preparan sus remedios extraídos de las plantas medicinales, haciendo gala de un profundo conocimiento de Mari, favoreciendo la fertilidad y atenuando los dolores, con remedios anticonceptivos y con ungüentos que ayudan al alumbramiento. Un personaje imprescindible en estas aisladas comunidades rurales.


En un caserón habilitado del mismo pueblo de Zugarramurdi se ha abierto el Museo de las Brujas un pequeño pero coqueto espacio en el que se hace un interesantísimo recorrido por estas cuestiones. Una visita imprescindible.


Caserón que alberga el Museo de las Brujas de Zugarramurdi. Foto http://cuevasdezugarramurdi.com/cuevas


Y a pocos metros se encuentra el lugar que esta gente utilizaba para sus ceremonias, rituales y fiestas, que no podía ser otro que el hogar de Mari, las entrañas de Ama Lur, la Madre Tierra, la cueva llamada de las brujas, la que fue devuelta a la fama en 2013 gracias a la película de Alex de la Iglesia Las brujas de Zugarramurdi, cuya escena final se rodó in situ. Es una cavidad de grandes dimensiones, rodeada de bosques y paisajes espectaculares. La cueva en el fondo es atravesada por la Regata del Infierno, un riachuelo que, en su continua labor erosiva de millones de años, ha creado una enorme cavidad de 120 metros de largo y unos 10 o 12 de altura, abierta desigualmente por ambos lados y con un par de galerías menores paralelas a la principal. Conocida y ocupada desde el periodo Magdaleniense según los restos arqueológicos, fue utilizada para múltiples funciones tales como la minería, refugio de contrabandistas, siendo lugar de encuentro y reunión para la gente de los alrededores. 


La Regata del Infierno es el riachuelo que ha erosionado durante siglos el complejo kárstico superficial, creando la cueva de Zugarramurdi. Foto Txema Gil, 2020.

Interior de la Cueva de las Brujas de Zugarramurdi. Foto Txema Gil, 2020.


Durante siglos, la convivencia entre esta tradición y el incipiente cristianismo fue relativamente pacífica, pero coincidiendo con los tiempos de zozobra de la Contrarreforma, allá por el siglo XVII, se inició una cruenta persecución de funestas consecuencias. 


Ya no se ven estas prácticas con buenos ojos por parte de las cercanas autoridades eclesiásticas del Monasterio de Urdax y su abad Fray León, en su afán por hacer méritos y tratar de progresar en la jerarquía eclesiástica accediendo como miembro del todopoderoso tribunal de la Santa Inquisición, denuncia estas prácticas y convierte la sabiduría ancestral en herejía.  Un par de testimonios manipulados aquí y allá, bastaron para iniciar un proceso judicial que sembró el caos y el miedo, en una época de epidemias, sequías, hambrunas y necesidades que acrecentó la sensación de indefensión ante el mal que les azotaba. El poder creciente de la Iglesia, que obligó a dejar de mirar a la Madre Tierra y fijar sus ojos en el Cielo, propagó el temor. Y éste a su vez, la sospecha y el silencio. La pérdida de la confianza en el vecino que había durado generaciones, dio pie a las denuncias, fundamentadas o no. Cualquiera podía ser sospechoso porque todos conocían las costumbres y quienes las practicaban. Las rencillas acumuladas durante años de convivencia salieron a la luz.


Goya, Franciso de (1820-1823). El aquelarre o El gran cabrón. Madrid, Museo del Prado.


Trescientas personas de toda condición fueron apresadas y  cuarenta de ellas trasladadas a Logroño para ser juzgadas  en el conocido proceso de 1610. 


Se les acusaba de negar el Cristianismo, de practicar orgías sexuales, preparar pócimas, invocar al Diablo, provocar incluso tormentas en el lejano mar… Las condenas fueron variadas: desde ser quemados vivos o en imagen si ya habías fallecido en las torturas previas, hasta la cárcel y el desposeimiento de los bienes. 


El proceso de persecución a las brujas de Zugarramurdi se convirtió en el  pistoletazo de salida a campañas similares en toda Europa. Miles de supuestas brujas fueron sacrificadas para reafirmar la hegemonía de la Iglesia frente a la tradición ancestral y la sabiduría basada en la Madre Tierra


El término de bruja fue desfigurado entre otros, por los infantiles cuentos de los hermanos Grimm, siendo reducido a esa mujer taimada, fea, vieja y malvada, que vive apartada en lo profundo del bosque, que vuela de noche en su escoba, devora niños perdidos y realiza diabólicos akelarres con otras brujas de otros lugares. 


Brujas así, no ha habido nunca ninguna en Zugarramurdi.




Acceso principal a la cueva de las Brujas de Zugarramurdi. Foto Txema Gil, 2020.


viernes, 3 de julio de 2020

TENEBROSO PATRIMONIO CULTURAL EUROPEO (I): EL LAGER NAZI DE SACHSENHAUSEN

(colaboración publicado en la web https://culturapedia.com/ 
el 30 de junio de 2020)

La Historia de Europa nos ha legado un rico patrimonio artístico y cultural de gran belleza. Todos queremos visitar alguna vez la hermosa Florencia, la eterna Roma, el luminoso París, el majestuoso Londres… Pero existe otro patrimonio en Europa que a menudo olvidamos que forman parte de nuestra historia común y de los que no guardamos un recuerdo agradable, por ser lugares donde sucedieron cosas terribles.

Plano del campo de Sachsenhausen en 1938. Imagen de un panel explicativo del mismo campo.  Foto: Txema Gil, 2019.

Estos son aspectos de nuestra historia que nos pueden proporcionar conocimiento sobre el comportamiento humano con el objetivo de aprender y enseñar a las nuevas generaciones lo que NO se debe hacer, confrontar los miedos de frente, confrontarlos para superarlos. 
En este artículo recorremos el campo de concentración nazi de Sachsenhausen, en las afueras de Berlín, cerca de la estación de Oranïenburgo, uno de estos espeluznantes lugares del tenebroso patrimonio europeo.

Sachsenhausen, un campo de concentración capital

Sachsenhausen estuvo activo desde 1933 para acoger primero, prisioneros políticos y delincuentes comunes de Alemania, para derivar posteriormente en lo habitual de un campo nazi: judíos, testigos de Jehová, prisioneros de guerra rusos y de otros países, exiliados españoles como por ejemplo Largo Caballero, homosexuales, etcétera. Tiene un plano triangular, con el eje coincidente con el edificio principal desde el que se controla todo el campo. 

Entrada principal al campo de Sachsenhausen con la leyenda Arbeit Macht Frei (El trabajo os hará libres). Foto: Txema Gil, 2019.

Fue un ejemplo del que presumían las autoridades nazis y que incluso llegaron a mostrar a delegaciones extranjeras que querían copiar el modelo, como la encabezada por los dirigentes franquistas José Finat o Serrano Suñer en 1940, guiados por el mismísimo Himmler, jefe de las SS. También servía de campo de adiestramiento para las nuevas generaciones de soldados de las SS. Muchos de ellos, los que demostraban mayor crueldad, eran destinados a los Einsatzgruppen, encargados de exterminar a los judíos de Europa Oriental en el avance contra la URSS de la operación Barbarroja, los funestos protagonistas del llamado “Holocausto por Balas”.

La sensación de que en cualquier momento te podían disparar era asfixiante

Una torre de madera que coronaba el edificio principal y una gran metralleta lo presidía todo. Se le llamaba el panopticon (el todo lo veo). Y en la puerta de barrotes que daba acceso al campo se podía leer la frase Arbeit Macht Frei: El trabajo os hará libres.

Vista del panopticon de la torre blanca desde el interior del campo. A la derecha se observan diversos barracones originales, hoy centros de interpretación. Foto: Txema Gil, 2019.

Se calcula que los presos en este campo duraban alrededor de 6 u 8 semanas antes de morir o ser asesinados. Trabajos forzados, mala alimentación,  torturas y abusos, frío y todas las aberraciones que se puedan imaginar, hicieron que la resistencia humana alcanzara límites inauditos. De 200 000 prisioneros que pasaron por aquí, fueron asesinados alrededor de 60 000, sin contar los no anotados, los que solo venían para morir y no eran registrados, lo que los especialistas llaman “prisioneros de noche y niebla“. Se calcula que pudieron ser alrededor de 7 000, de la resistencia francesa fundamentalmente, a quien se les asesinaba nada más llegar para dar ejemplo al resto de personas que pudieran pensar en plantear resistencia a los alemanes.
Por aquí pasaron 193 republicanos españoles de los que tenemos constancia de la muerte de, al menos, 28 de ellos.  Algunos sobrevivieron, otros fueron deportados a otros campos, de otros perdimos la pista… Muchos que formaban parte de la resistencia francesa y que fueron apresados pasaron a engrosar la inexistente lista de prisioneros de noche y niebla

Instalaciones para experimentos y exterminio


Muro perimetral y alambrada electrificada que rodea Sachsenhausen. Foto: Txema Gil, 2019.

En este campo había una prisión con celdas de aislamiento para presos “especiales”, enfermería, burdel, barracones para judíos y otros prisioneros, enfermería en la que más que curar se hacían experimentos médicos por ejemplo, con niños para probar una vacuna para la hepatitis…
Había cocina, lavandería, naves de la fábrica de aviación Heinkel, fábricas con unas condiciones de insalubridad difíciles de explicar con palabras. Había una nave donde se falsificaban billetes que pretendían ser introducidos en Inglaterra para hacer caer su economía por la inflación descontrolada que provocaría el aumento repentino de billetes en circulación. Fue la conocida como Operación Bernhard. Estos prisioneros, artistas en su mayoría, tenían unas condiciones de vida un poco mejores y vivían en barracones separados.
Y por supuesto, las instalaciones relacionadas con el exterminio masivo y organizado, más apartadas y ocultas a la vista: una pequeña cámara de gas, un paredón de fusilamiento, un cuartito en el que aplicaban el método de asesinato de la vara de medir y el tiro en la nuca. Junto a estas instalaciones, los hornos crematorios. Un lugar que hiela la sangre.
En explanada principal donde se pasaba lista y se hacía el recuento, una pista de piedra lo rodea todo y servía para probar botas de las empresas alemanas que las realizaban para el ejército, que ante la escasez de cuero propia de una guerra, probaban otros materiales. Y comprobaban la resistencia de los mismos poniéndoles esas botas a los presos (la mayor parte de las veces más grandes o más pequeñas que su propio pie) haciéndoles andar horas hasta morir de agotamiento, para inmediatamente después poner a otro preso a hacer lo mismo y averiguar cómo era el comportamiento de las botas ante distintos pavimentos y condiciones climáticas de calor, hielo, nieve, agua, frío… 

Pista pavimentada con distintas superficies y rugosidades en las que prisioneros probaban botas militares de distintos materiales en condiciones infrahumanas. Foto: Txema Gil, 2019.

Sachsenhausen, un memorial didáctico

El conjunto del campo de Sachsenhausen funciona como un memorial que recuerda todas aquellas personas que pasaron por allí o que perdieron la vida. Hay infinidad de placas, un monumento central en el eje de la torre pero al otro lado de campo que fue realizado por la RDA y que recuerda a los soldados rusos que liberaron el campo o que allí perdieron la vida. Un enorme monolito cargado de simbología política comunista y antifascista.
Pero el gobierno alemán actual ha pretendido hacer algo más completo, mucho más didáctico. Ha mantenido los barracones o los ha reconstruido tras sufrir ataques incendiarios de grupos neonazis que pretenden borrar las huellas de la memoria, ha hecho paneles explicativos y exposiciones por zonas, que pretenden explicar desde múltiples perspectivas cómo fue la vida en el campo. 
Una visita de la que sales con el corazón encogido, pero necesaria para conocer la naturaleza humana. 
Mantener viva la memoria es lo que nos hará libres.